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UNA MIRADA A LA MIRADA DE RICARDO HUMANO


        Ricardo Humano pinta lo que no ve, el fragmento invisible de lo evidente, llevado por el imán de lo inconsciente, somete  la materia plástica a los caprichos de la pasión, pinta lo alegre y lo profundo al pintar aquello que se escapa por exceso de realidad, lo que pinta es para tocarlo, hundir el dedo incrédulo en uno costado de su fe, mejor dicho de su felicidad por el hallazgo de cada pincelada. Como el maestro Sesshús de quien la leyenda cuenta pintó de niño con sus lágrimas y con el pie una rata que lo libró del castigo impuesto por sus superiores al morder las ataduras de sus manos, o como el maestro Inocente Toledo quien tras pintar un caballo logró escapar a todo galope ante el asombro de sus captores, Ricardo Humano, hijo del trópico, logra escapar de las cerradas mazmorras de lo fácil para caer en las aguas turbulentas de lo difícil. En su pintura la claridad o la oscuridad muestra lo que yace detrás de cada pensamiento, el sentido detrás de cada brochazo, el gesto convertido en signo, así lo revelan las manchas al prolongarse y tomarse por completo la tela, convirtiendo el marco en una referencia por donde la mirada penetra para mirarse a sí misma y  refundar su inocencia.

            Ricardo Humano ha logrado lo que muy pocos pintores han procurado, hacer sonar la pintura, imponerle una melodía, un concierto en el aire que flota o emerge de la substancia esotérica de cada color, y esa melodía al escapar del canon es la que logra liberar a la pintura de la pintura misma, hasta mostrarla como es : desgarrón o herida, cicatriz, aletazo, pasión pura de la impureza que no se deja domesticar por las influencias que no sean las influencias de su naturaleza volcánica también llevada en la mirada halconera del pintor, la naturaleza como fue y será ni buena ni mala, más bien indiferente.