A fuerza de insistentes borrones Humano ha convertido la tela en una noche oscura, como la noche del alma de San Juan de la Cruz, en esa oscuridad si uno rasca con la uña de la mirada lo que se descubre es otra capa donde el azul de prusia sirve de cortina a las zonas malvas donde dormitan animales nocturnos, insectos, y hojas, que no tardarán en metamorfosearse en todo aquello que empieza a intuirse en la otra orilla, el primer resplandor en el patio morado donde inicia sus rondas la tortuga maya. Así vuelve de nuevo a repetirse la melodía del darma humano y su aspiración de saltar el muro con la primera clarinada del gallo que cada mañana funda un imperio nuevo. El mayestático imperio de la mirada. Allí el pintor Humano guiado por aliento multicolor de colibrí, recobra el adánico desvarío que le permite penetrar con mano firme en lo diverso, multiplicar el cúmulo de diferencias que conforman nuestra identidad.
De esa manera, con ese estilo forjado de tanto escuchar el caramilo del Aduanero, idéntico a sí mismo, fiel al pacto de su pintura y de su sangre, partiendo de su ignorancia creadora ha pintado lo que nunca supo que llegaría a pintar, anticipándose a un conocimiento que no ha tardado en iluminarse, volverse real en la tela donde lo inacabado se fundamenta en un proceso infinito, que al igual que la vida misma no cesa de crearse y recrearse a sí misma. En eso radica su misterio, el de la pintura y la clave maestra de su modernidad. Razón tenían los antiguos maestros japoneses en dejar al margen de sus pinturas un espacio en blanco. Esa zona invisible muy cara a los pintores que como Ricardo Humano pintan todo aquello que no se ve, lo adivinado y lo divino
Alfonso Kijadurías
Valle del Señor
Noviembre 2000